José Pinelo Llull
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El Origen Del Paisajismo Sevillano
viernes
Fuente de Datos:
*"La Escuela de Alcalá de Guadaira y El Paisajismo Sevillano" - Casa de la provincia - Ayuntamiento de Alcalá de Guadaira
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Manuel García Y Rodriguez - III - Paisajes
Después de la etapa pionera de los años ochenta y noventa del paisajismo en Alcalá, al lado de Sánchez Perrier, pasó a ser un prolífico pintor de escenas reales y trasusntos de paisajes recompuestos o escenificados en el estudio.
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Manuel García Y Rodríguez - II
sábado
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Manuel García Y Rodriguez - I
viernes
García Rodríguez pertenece al grupo de pintores sevillanos pioneros en la pintura de paisaje, conocido como la Escuela de Alcalá. Este grupo frecuentaba los aledaños y extramuros de esta localidad sevillana, cuyos rincones y vistas de las orillas del Guadalquivir convirtieron en una constante dentro de su producción.
En un ejemplo típico de su obra pictórica, nos presenta un paisaje de los alrededores de Sevilla, ciudad que también representó en multitud de pinturas tomando preferentemente como tema las vistas del río y los encuadres del puerto.
Conscientes sus padres de la afinidad hacia las artes y su facilidad de dibujo, le hacen tomar clases con el pintor local José de la Vega, perteneciente junto a sus hermanos Pedro y Francisco, a una familia de pintores costumbristas sevillanos, ligados estrechamente a la recién creada Academia Libre de Bellas Artes de Sevilla y cultivadores de un realismo minucioso y descriptivo, dentro aún de la tradición romántica de la pintura sevillana de mediados de siglo XIX.
Tras esta primera formación artística, pasa a matricularse en la Escuela de Bellas Artes e Industrias de Sevilla. Allí recibirá las enseñanzas de Manuel Wssel y Eduardo Cano, y conectará con otros jóvenes artistas sevillanos de la misma generación como Fernando Tirado, Virgilio Mattoni, Sánchez Perrier, José Arpa, Rico Cejudo, etc.
En este ambiente, activado por la presencia en Sevilla de aquellos dos maestros, el joven Manuel García Rodríguez se inicia en la carrera de pintor, centrándose primeramente en la disciplina del estudio de figuras; pero determinadas circunstancias, entre ella la impronta y la fascinación ejercidas por Martín Rico y Fortuny en los jóvenes artistas sevillano, así como los éxitos comerciales durante los primeros viajes de Sánchez Perrier al extranjero, le hacen inclinarse por el cultivo del paisaje. A lo largo de su vida de pintor será ésta prácticamente su exclusividad especial.
En los años que comprenden la primera mitad de la década de los años ochenta, en torno a la veintena de años del artista, su pintura parece seguir muy de cerca la producción de Emilio Sánchez Perrier, hasta el punto de poder pensarse en una vinculación de discípulo y de amistad cordial, propia de compañeros de tareas paisajísticas que compartían sesiones al aire y los desplazamientos. En especial a la población cercana a Sevilla, Alcalá de Guadaira y las inmediaciones de las riberas y márgenes del Guadalquivir.
Estas actividades aparecen confirmadas en los títulos de las obras enviadas en agosto de 1885 a la Academia de Bellas Artes de Cádiz: “Orillas del Guadaira “ y “Molino de Oromana en el Guadaira”, o en la Ilustración Española y Americana en 1884), donde sigue los conceptos y la técnica de los dibujos a plumilla de M. Rico y sus seguidores, en que la capital andaluza ya cultivaban tabletines con vistas urbanas que abastecían el mercado de souvenirs de calidad, fundamentalmente con salida al extranjero.
El siguiente año participa por primera vez en la Exposición Nacional de Bellas Artes de Madrid, certamen al que acudirá prácticamente en todas sus convocatorias a lo largo de su vida de artista. Este mismo año envía “Orillas del Guadalquivir”, por la que recibió una medalla de tercera clase.
En 1888 participa en la Exposición Universal de Barcelona, también con una obra de temática local, “Sevilla”; junto a Sánchez Perrier y de Rico, Ramos Artal, Meifrén, Rusiñol y los también sevillanos Jiménez Aranda y Gonzalo Bilbao.
En la sección española de la Exposición Universal de Paris de 1889 lo hará nuevamente con “Un Jardín de los alrededores de Sevilla”.
Su obra comienza a adquirir una gran difusión, hasta el punto de lograr una gran popularidad conseguida con la asidua colaboración de Ilustraciones en revistas ilustradas y la frecuente participación en certámenes y exposiciones.
En 1892 vuelve a la Nacional de Madrid con “Mañana de Invierno”, “El Verano”, “Otoño”, “Santa María de la Rávida” y “Jardín de Capuchinos”.
En 1893 envía a la Exposición Universal de Chicago “El Verano” y participa con “Calle de Granada”, “Mañana de Marzo en Sevilla” y “La casa del gobernador de Tanger” en la Exposición de Munich, lo cual revela una excursión temporal a Marruecos, recientemente también visitado por otros sevillanos como Sánchez Perrier o Gonzalo Bilbao.
De nuevo volverá a la Nacional con dos obras” Sevilla” y “La presa del molino del Arzobispo” y “Paisaje de la rivera de Alcalá” con la que vuelve a ser galardonado, esta vez con una segunda medalla. En este periodo parece continuar con una temática similar, dentro del mismo tono anterior realista, minucioso, pintoresco y descriptivo de costumbres, en un medio placentero, bucólico y escenográfico. Intencionadamente adscrito como paisajista, a las nuevas adaptaciones y asimilaciones del renovado costumbrismo sevillano, muy pujante y productivo en estas fechas, con figuras emblemáticas como García Ramos.
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La Escuela De Alcalá de Guadaira
lunes
Este tipo de mirada ha constituido un factor decisivo en la gestación de la pintura de paisajes, a partir surge una nueva categoría: la del paisajismo.
Desde el punto de vista creativo, la consideración artística del paisaje manifiesta claramente la relación del mismo con los individuos, la sociedad y la naturaleza, siendo cada pintura por tanto, en ese sentido,un documento significativo e incuestionable de esa relación.
En el siglo XIX se organiza, como resultado de esa mirada artística, la práctica del paisaje como una globalidad específica en la práctica de la pintura, al igual que ya ocurriera con otros géneros, como el bodegón o el retrato.
Sin embargo por diversas razones, las publicaciones dedicadas al paisajismo no suelen ser muy frecuentes, sobre todo cuando se refieren a aspectos concretos, ceñidos a marcos territoriales o culturales, como sería el caso pictórico de la Escuela de Alcalá de Guadaira. De hecho ha sido una temática siempre ausente y escasamente tratada en los balances dedicados al arte andaluz.
Esta escuela, ha sido la mayoría de las veces evitada o mirada de soslayo, tal vez, aún a pesar de tener una importancia notable, por ser escasamente conocida tanto por l gran público como por la mayoría de los investigadores.
La Escuela de Alcalá de Guadaira ha permanecido inédita, víctima por tanto de un injustificable olvido.
Poco o nada se ha hecho por resaltar la serie de fecundos episodios que allí tuvieron lugar desde fechas muy tempranas, tanto la capacidad evocadora y placentera del lugar, como la sorprendente variedad pintoresca de sus riveras y parajes.
La pintura de la Escuela de Alcalá de Guadaira, es comparativa a otras manifestaciones del paisajismo nacional, como el madrileño, catalán, valenciano o cántabro.
A todo esto se une que en pleno siglo XIX, el paisaje fue el género más independiente y progresista, que coexistía con oros géneros menos conservadores pero también más propicios al desarrollo y lucimiento de la carrera oficial del pintor.
Fue en el cultivo de la pintura del paisaje donde se produjeron las aportaciones más novedosas y audaces de la época, dejando constancia de una mirada nueva sobre la naturaleza, con el consiguiente descubrimiento de nuevos caminos, siempre vistos desde posiciones creativas menos convencionales y rígidas, haciendo del cultivo del paisaje un instrumento de modernización. Y así, tato en la pintura sevillana como en la española en general, la pintura de historia convivió durante décadas con la pintura de paisajes, que andando el tiempo superaría el academicismo y comportamientos artísticos ya agotados.
En este sentido, los pintores presentes en Alcalá, integrantes del contexto de los pintores sevillanos, tuvieron lógicamente un comportamiento secundario o periférico con respecto a los centros emisores de novedades artísticas, pero en cambio, constituyeron un nutrido grupo de artistas interesantes, prefigurado por unas características y preocupaciones artísticas comunes, más que por una decidida intención consciente de formar una definida escuela pictórica, como una forma bien especializada, bien temporal, de cultivar el paisaje.
Dentro del paisajismo en el marco andaluz y sevillano, y de lo que supuso en el desarrollo de nuevas concepciones plásticas, figuran artistas que sobresalen por la atención y curiosidad hacia la naturaleza pintoresca y el análisis de sus respectivas producciones pictóricas como testimonio de las diversas personalidades y puntos de vista que confluyeron en Alcalá y sus inmediaciones, mereciendo especial atención los que participaron en lo que con posterioridad vino a denominarse como Escuela de Alcalá de Guadaira.
Es valorar la importancia del fenómeno del paisajismo en Alcalá de Guadaira, sus efectos y consecuencias artísticas y culturales, que incorporaron de este modo nuevos episodios de mucho valor, alguno de ellos fundamentales e inéditos, dejando un mejor conocimiento para el desarrollo de la pintura sevillana.
A esta escuela pertenecieron pintores locales, sino también otros de Sevilla y de distintas partes de la geografía española y extranjera, algunos de gran talla, como José Arpa Perea, Valeriano y Joaquín Dominguez Bécquer, José Jiménez Aranda, Alfonso Grosso Sánchez, José Rico Cejudo o Gonzalo Bilbao, entre otros.
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