Joaquín Romero Murube

viernes

Joaquín Romero Murube, falangista, poeta y ensayista de la Generación del 27, publicó un libro de poemas dedicado al asesinato de García Lorca en la Sevilla gobernada por Queipo de Llano, y además consiguió esconder a Miguel Hernández anta las mismas narices de Franco.

Nació Joaquín Romero Murube en un pueblo cercano a Sevilla, Los Palacios, el 18 de julio de 1904, dando muestras de su afición por la escritura desde muy temprana edad.
Enamorado de Sevilla, vivió siempre en esta ciudad, siendo conservador del Alcázar durante muchos años.

“Filo de la medianoche
mi secreto te daría...
¡Sevilla, si tú quisieras
contigo me casaría!” 

Murube fue un poeta clasicista, elegante y comedido, que tomó como sus maestros a los grandes líricos sevillanos, desde Rioja a Bécquer o Juan Ramón Jiménez y a los cantores puristas y neopopularistas del 27. Como prosista, se formó sobre todo, con el magisterio de Gabriel Miró y de Juan Ramón Jiménez.
Poeta y prosista exquisito, que llegó a ser amigo de algunas de las figuras mayores de la generación, como Luis Cernuda y Federico García Lorca. Romero Murube gozó de las estimas de sus coetáneos, incluso después de la guerra civil, cuando se vinculó claramente al régimen vencedor.

En 1923 publicó “La tristeza del Conde Laurel” y “Hermanita Amapola” en 1925.
En 1929 escribió “Sombra apasionada”, libro dedicado a Gabriel Miró, donde alterna diversas técnicas narrativas como expresivas: prosas sensitivas y creacionistas, surrealismo, poesías clasicistas y neopopularismos.

Debido a su trayectoria humana y literaria, fue uno de los eslabones entre las generaciones divididas por la guerra civil, dada su vinculación a las vanguardias, siendo impulsor en los años veinte del grupo renovador “Mediodía”. Participó en los homenajes que el “Litoral” y el “Ateneo de Sevilla” tributaron a Góngora en 1927, y que representaron el lanzamiento de su generación.
Su ideal juvenil de silencio y pureza de alma, y sus impresiones y visiones de fondo juanramonianas y d'orsianas dejarán huella en su obra, lo que lo llevó a buscar el puesto como director conservador de los Reales Alcázares de Sevilla, que comenzó a ejercer en tiempos de la Segunda República, cuando pasó la gestión a manos del Ayuntamiento de la ciudad en el año 1934, y que logró conservar a pesar de la oposición del Frente Popular. 
De izquierda a derecha: Joaquín Romero Murube, Jorge Guillén, Federico García Lorca, José Antonio Rubio Sacristán y Pepín Bello (Oromana 1935)

También le marcaron Aleixandre, Diego, Alberti, Dámaso y, por encima de todos, Lorca a quien hospeda en su casa varias veces y quien bautizándolo como “la honra y el espejo de Sevilla”, le dedicó estos versos:
“Querido Joaquín,
triste y malandrín, te mando un abrazo”

Enterado del asesinato de García Lorca, Joaquín Romero Murube renegó de la noticia, pues no entendía el motivo por el que lo podían haber asesinado. Dispuesto a demostrar que la noticia era falsa viajó a Granada, corroborando el hecho que lo sumió en la desesperación y la amargura de tal manera, que su desolación le llevó a publicar en plena guerra civil un libro (“Siete Romances”), que durante largos años fue considerado maldito, pues sus versos contenían una condena al asesinato.
El libro vio la luz en 1937, en una edición prácticamente privada debido a los pocos ejemplares editados. La dedicatoria del mismo era bien evidente:


“¡A ti, en Vizna, cerca de la fuente grande, hecho ya tierra y rumor de agua eterna y oculta!"

Muchos desconocían que era aquella “Vizna”, pero a todas luces se refiere a lugar donde Lorca fue asesinado, en Víznar (Granada).
El libro contiene un crudo poema titulado “Romance del Crimen”:

"Al acordeón del puerto
le han estrangulado el cante.
En Argel y Alejandría,
en Melburne y Buenos Aires.
Se han secado las espitas
en el cristal de los bares.
La policía ha prohibido
cierta música en los bailes.
Los niños llevan a casa
pistolas, bombones, guantes.
La sombra quedó cosida
con el cuchillo, a la carne.
Por el asfalto resbalan
serpientes de verde sangre.
En Tokío y en Marsella,
en Liverpool y en el Havre.
Y en todo el mundo la prensa
llevará con gran detalle
a los hogares honrados
cinco columnas de sangre".

En 1939 participó activamente en la Antología poética del Alzamiento que fue preparada por Jorge Villén, haciendo un canto exaltado para que aquello no volviera a ocurrir jamás, dedicando un humanista poema a García Lorca:

“ No te olvides hermano, que ha existido un agosto
en que hasta las adelfas se han tornado sangre,
y que en el claro viento las rosas de la muerte
se abrían en estampido del odio de los hombres.
No te olvides, hermano, que bajo las estrellas
los fusiles han dicho sus postreras palabras
cuando un escorzo de hombro se lleva a las manos
el hueco de las húmedas heridas…”

Cuando terminó la guerra, y vistiendo el uniforme de Falange, Joaquín sigue como conservador de los Reales Alcázares de Sevilla, y es cuando comienza a desempeñar una actuación a escondidas protegiendo a todo aquél perseguido que se acercaba a los muros del alcázar pidiendo ayuda. Allí ocultó al poeta Miguel Hernández justo en los días en que allí se hospedaba Franco. Lo mantuvo escondido esperando que le llegara el momento de ser trasladado a Portugal, donde se le tenía preparada residencia en Lisboa, aunque como ya sabemos, desgraciadamente este proyecto no tuvo buen fin y acabó con la muerte del poeta.

En 1943 publicó Alcázar de Sevilla - Guía turística, y su Pregón de Semana Santa en 1945, Memoriales y Divagaciones entre 1950 y 1951, Lejos y en la mano en 1959 y Los cielos que perdimos en 1964; las tres últimas obras forman su trilogía sobre los espacios de la memoria.
En 1948 publica la obra “Ya es tarde”, y “Pueblo lejano”, elegía dedicada a su pueblo natal.
“Kasida”, es un asomo a la poesía arábigo andaluza, y en “Tierra y Canción”, escribió los últimos versos de su vida: 

"¡La muerte, aquí, frente a esta augusta calma
del mar antiguo,
en soledad sonora!...
Pero algo bulle en mi raíz de tierra
que opone, dulce su repulsa leve...
¡Sin mares ni colina,
allá en la dura
tierra caliente, en mi Sevilla eterna!."


Continuó toda su vida al cargo del Alcázar, y allí le encontró la muerte en 1969, de un ataque cardíaco.


“La luz agria de tu barrio
me ronda con tus cristales.
Por entre mis manos fluye
el agua añil de la tarde.
El aire queda vencido
en la pared de mi carne.”
Las esquinas giran locas
alrededor de mi talle.
Pájaros perdidos cantan
porque mi lengua no hable.
La llama de mis cabellos
negra se tuerce en el aire.
Por el cielo va deshecha
la flor de mis voluntades.
¡Ay, se me corta la vida
en el cristal de esta tarde!.
(Lugar)

Fuente de datos:
* Joaquín Romero Murube (Francisco Arias Solís)

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